Viernes de la Octava de Pascua

Hay algo que siempre me choca en esta lectura del Evangelio de hoy, y es lo que pasa cuando Pedro, que estaba desnudo, se entera que es el Señor quien les ha dicho dónde echar la red.

Vamos, que no he visto nunca a alguien que se ponga a pescar desnudo, y que luego, se vista, se eche la túnica, y con ella se eche al mar vestido…

Si lo pensamos con la lógica nos desborda, pero si lo pensamos desde un hombre que se ha quedado desnudo, que ha sido descubierto desde dentro, y que no hay nada que se le esconda de sí ante el Señor…., la cosa cambia.

Nuestros planes muchas veces no son los de Dios, y Jesús nos desnuda de ellos, nos descoloca y nos dice que la abundancia está en El, en seguir sus indicaciones.

Pedro era el líder, el organizador de la pesca, el organizador del grupo, y cuando hay otro que va y le descoloca sus planes, acciones y proyectos, y le señala por dentro, reconociendo que es el mismo Señor quien le dice que por ahí no….,
se da cuenta de su desnudez, casi como la de nuestros primeros padres, Adán y Eva, el texto juega un poco con ello, para que dándose cuenta de la desnudez ante el pecado, la reacción sea la de taparse, la reacción es ponerse la túnica, como
nuestros primeros padres, tapar sus vergüenzas, pero Pedro da un paso más, y el paso que da es echarse al agua, echarse al mar, el cual es el Bautismo, la conversión y la nueva vida,
con lo cual Pedro vuelve a subir a la barca, y esto es lo que le hace un auténtico líder, con otra actitud, con otra mirada, y desde el servicio "arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres.
Y aunque eran tantos, no se rompió la red."

Lo que salva no es sólo levantarse, sino la actitud con que te levantas. Porque te puedes levantar y no haber aprendido, pero si te levantas como alguien nuevo,…., la cosa cambia….

Y quien salva, ya sabemos quién es, nos lo dice la primera lectura, quien salva es Jesús, Jesús, que no sólo actúa haciendo un favor a un enfermo, sino sobre todo diciéndonos dónde está nuestra desnudez,
nuestro vacío, no para incordiarnos con la culpa, sino para que El lo vista y lo llene de sí mismo, de una forma tan repleta que da vida y alimento a todos….. Y no nos preocupemos que no nos rompemos al servirle,
la red no se rompe por más llena que esté… si el Señor lleva nuestra pobreza…

Estos días quiero tirarme al agua, porque es grande mi desnudez y mi vergüenza, quiero que las olas del mar me cubran y me lleven a la orilla de Jesús y allí servirle a El y a los hermanos, no como yo quiero, sino tal y como él quiere…

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Viernes, 1 de abril de 2016

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,1-12):

En aquellos días, mientras hablaban al pueblo Pedro y Juan, se les presentaron los sacerdotes, el comisario del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran la resurrección de los muertos por el poder de Jesús. Les echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso, unos cinco mil hombres, abrazaron la fe. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; entre ellos el sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer a Pedro y a Juan y los interrogaron: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso?»
Pedro, lleno de Espíritu Santo, respondió: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1-2.4.22-24.25-27a

R/. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon
los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-14):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

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